Una noche como otra cualquiera

Enciendo una barra de incienso —el tabaco de imitación usado por los que no fumamos— para recrear las nubes en nuestra habitación. Deben ser las tres y media, por lo menos. No voy a comprobarlo. He puesto el despertador de espaldas, contra la pared, lo he castigado. Eso le pasa por correr. Le he dicho mil veces que no vaya tan rápido, que me mareo siguiendo los giros de las manecillas, pero él, a lo suyo.

El flexo encorvado mirando hacia el folio, parece una réplica de mi propio cuerpo cansado. Debería acostarme. Seguro que encuentro en la cama algún sueño que aún no he soñado. La infusión se ha enfriado en el vaso. A falta de ron, un té verde haciendo las veces de pócima encantadora. Quería brindar esta noche, beber de un trago, de un golpe, de un daño que arañe la lengua y reviente el estómago. Quizá, en ese idioma, el de la embriaguez, pueda aborrecerla por un rato, escupiendo sus protestas, sus promesas, sus propuestas que dejaban la puerta abierta al ensayo sin importar el desastre que vendría a ahogarnos. Aún recuerdo sus discursos de palabra enérgica, siempre posada sobre la oportunidad, con la razón indiscutible por bandera. Verdaderos soliloquios disfrazados de altruismo y sinceridad, con zapatos de respeto y chaqueta de bondad. Ojo, que no la odio, el odio se lo debo —todavía—. El rencor nunca ha tenido sitio en el sofá de mis enfados. En su caso, me gustaba respetar los pretextos que me daba, mientras maullaba su nombre subida al tejado, gastando esas vidas que ya luego, ya nunca, he recuperado. A lo mejor —no es seguro—, me duele recordar su asombro hecho pregunta. Que por qué no pude seguir esperando... Me acabo de beber el té de un trago y me ha sabido a tequila de primera. Ahora, ahora me gustaría gritarle al oído la respuesta a su incógnita: ¡Me cansé de aguardar en el banquillo a la espera de oír el cambio! Se me enfriaron los músculos, se entumeció mi ilusión. Jugó el partido sin mí.

Embriagada con el agua sucia que acabo de beberme, a estas alturas de la madrugada donde solo la luna parece despierta, soy capaz de entender los regates que me hizo, sus entradas, sus goles, sus ansias, sus marcas. Supongo que el tiempo transcurrido tiene algo que ver, también. Las dudas, los miedos, incluso, la culpa... en frío, se lleva mejor.

Me he asomado a la ventana, ni una estrella. Corre brisa. Me recuerda al aire que ella rompía a su paso. Lo digo otra vez para ver si me oigo: debería acostarme. Si quiere que la olvide, no quiero. La poesía está de mi parte.


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