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Será que mi sed de azul es parecida.

Será que mi sed de azul es parecida
y me ahogo en sitios grandes, saturados,
y me sobra media gama de colores
de entre todos los que la ciudad me vende.
Puedo entender tu agobio.
Quizá, no es nada nuevo:
¿quién se salva de ser un poco gato?

Te habita una ciudad sin ser su habitante.
Yo soy de cada hogar que tiene por pelusas
algunos de mis lloros
y busco el azul, a veces, me impaciento;
llega pronto, llega tarde…
depende de mis ojos ese día.

¿Por qué no bailamos al borde,
también, nosotros?
Hay una orilla esperándonos, deseando
que le besemos sus labios azules.
Estoy segura.

Sevilla fue

Si alguna vez sufres —y lo harás—
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es solo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.
Advertencia.

Felipe Benítez Reyes 



Sevilla fue
la ciudad. Un abril inagotable
en el vaso de los días.
Cielo de color andaluz,
jazmín y dama de noche
perfumando cada noche.
Dependiendo del momento,
pudo ser asilo o cárcel,
pero siempre compañía en el murmullo
de sus bares, en sus calles y terrazas.
Una brisa tenaz despeinando con denuedo
los principios, los temores…
arrojándolos al río.

Sevilla fue
un te quiero susurrado como alarma
abriendo el amanecer,
caminar sobre las nubes,
pincharse con el huso de una estrella
devanando las pasiones
tras un beso
en los jardines de Murillo,
enamorarse en el marco del templete
de la Isleta de los Patos,
saludar a la luna que se eleva
sobre el arpa
del puente del Alamillo.

También, fue
recorrer la Alameda con las manos
en los bolsillos
sin empuje de la prisa
o destilar savia de pena por el rostro
aparentando, al mismo tiempo,
que no llueve en la fragua acelerada
de tu pecho
que odió siempre despedirse.

Sevilla fue
y siempre será, aunque
ya nunca fuera.

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