Sevilla fue

Si alguna vez sufres —y lo harás—
por alguien que te amó y que te abandona,
no le guardes rencor ni le perdones:
deforma su memoria el rencoroso
y en amor el perdón es solo una palabra
que no se aviene nunca a un sentimiento.
Advertencia.

Felipe Benítez Reyes 



Sevilla fue
la ciudad. Un abril inagotable
en el vaso de los días.
Cielo de color andaluz,
jazmín y dama de noche
perfumando cada noche.
Dependiendo del momento,
pudo ser asilo o cárcel,
pero siempre compañía en el murmullo
de sus bares, en sus calles y terrazas.
Una brisa tenaz despeinando con denuedo
los principios, los temores…
arrojándolos al río.

Sevilla fue
un te quiero susurrado como alarma
abriendo el amanecer,
caminar sobre las nubes,
pincharse con el huso de una estrella
devanando las pasiones
tras un beso
en los jardines de Murillo,
enamorarse en el marco del templete
de la Isleta de los Patos,
saludar a la luna que se eleva
sobre el arpa
del puente del Alamillo.

También, fue
recorrer la Alameda con las manos
en los bolsillos
sin empuje de la prisa
o destilar savia de pena por el rostro
aparentando, al mismo tiempo,
que no llueve en la fragua acelerada
de tu pecho
que odió siempre despedirse.

Sevilla fue
y siempre será, aunque
ya nunca fuera.

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