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La osadía de los cobardes

Hubo una vez. Hubo muchas, pero una fue... 
El cielo era índigo de estrellas ausentes. El faro dormía, la luna no. Hablábamos de musas y errores, tropiezos con la misma roca. Ceguera, porfía o despiste. Romanticismo, juventud o idiotez. Yo hundía mis dedos en la arena pintando sin miedo a las olas que se acercaban a ver, con la curiosidad salada y helada a esas horas. Aquella noche duró hasta hace un rato. Tuve tiempo, demasiado. Jugué con caballitos de mar, relaté a los peces mi naufragio poético, refresqué la memoria mar adentro y volví a la orilla de nuevo cuando la marea estaba subiendo. 

Seguro que no imaginas, seguro que no imaginas las veces que... no, seguro que no. Igual sí que lo haces pero falla tu perspicacia. Qué horror. Qué hueco es tu silencio. Preferiría no oírlo ahora que me falta el oxígeno. Se rompió la botella de sol que atrapaba el viento. Tu aire. Mi aire. Se borró todo lo que había escrito desde hace tiempo. No me importa volver a empezar a decir lo que era cierto.

Vendaval causante de asombros con sombra, voz y cuerpo. Huracán de misterio, tan solo culpable de despeinarme los días. O la vida. Me invitó a ver gaviotas de plata, despertó la ambición. ¿Por qué iba a quedarme con solo una estrella teniendo ahí arriba todo el firmamento? Ahí, ahí empezó a temblar la luna. Ni te cuento lo que vibré yo, marinera en aguas oníricas. 

¿Y luego? ¿Y ahora? Dejo el miedo a los valientes y la osadía a los cobardes como yo. Soltaré el peso que engorde mi equipaje, siendo yo mi mejor traje, sin careta ni guion. 

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Decía Benedetti que el tiempo es como el viento, empuja y genera cambios. Qué te voy a decir a ti, querida Wendy, dríade abrazada a árboles de nieve, deslucida sombra en noches de insania y, de vez en cuando, marioneta subida a caballos de acero, desbocados. Qué te voy a decir a ti, depósito de miedos y albergue de almas opacas... Todo eso eras, hasta que dejaste de serlo. Porque siempre hay un comienzo, ¿verdad? Porque la espera irrita, indigna y desalienta; pero, también, es capaz de acaparar toda la energía que deberíamos invertir en VIVIR, antes de que la palabra «tarde» se pose sobre la lánguida boca de un cuerpo perecedero. 

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Versos en Peñamellera

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Si pudieras escucharme

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Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
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