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Mostrando entradas de septiembre, 2014

Sentir o no

Eterno interrogante
de quien cura con amnesia  el daño que sufrió.
¿Sentir o no?

Caí al fango, aún lo recuerdo. Marcas de barro son el rastro de la errata. Se me clava tu tilde todo el tiempo. ¿Sentir o no?
Soy una zombi sentimental. El garabato de luna menguante  que pinta tus labios me alela,
y explota mi corazón bajo la blusa.
Mariposas y flores,
serpentinas brincando en el pecho.
Todos me miran y dicen:
«Ahí va otra loca con el amor atado al cuello». Un collar que lastra el movimiento. Creo que me ahogo.
¿Sentir o no?

La próxima vez, si es que hay próxima, me pido un collar dos tallas más grande.

¿Sentir o no?
Sentir, sin duda.
Aunque solo sea porque, para ganar, hay que apostar primero.
Estoy segura.  Llegará el alba  y los viejos pesares serán legañas de otros eneros.

Me conformo con todo (lo que pensaba y no dije cuando subí a la montaña rusa)

Dejé que el corazón tuviera tanto,
latidos abundantes, manantiales,
viví sin precaución, sin mirar cuáles
serían los castigos de su encanto.

Mezclado el fuego intenso con el llanto
presté poca atención a las señales.
Debí quedarme ciega y sin modales,
bebí mentiras y respiré amianto.

Preguntas no quería y no las quiero.
Sabías que elegir no era lo mío.
Perder iba a perder de cualquier modo.

Confórmate, dijiste en plan severo.
Jamás cumplí, venero mi albedrío.
¿Por qué perder si puedo tener todo?

Mi mejor abril

Mi mejor abril llegó en febrero aunque fuera otro el mes que supo ver en ti a nadie más. No es por exagerar: todos los parques del mundo cabían en tus ojos y, todavía, era invierno. 
Una leyenda añil cubrió el cielo con el atardecer. Voy a decir que no podré olvidar de brisa un vendaval,  deprisa conocí una suma de estrellas en el firmamento.
Subió el nivel del mar,  sudor sobre la piel, sublime el litoral a orillas de tu cuerpo.
Sé que te acuerdas sin mí de aquel abril que abrió  ventanas por doquier, cerrándome las dudas que ahora causan revuelo.
¿Dónde quedó ese mes que no ha vuelto a pasar? ¿Dónde tengo que ir  para que nos encontremos?  ¿Dónde pongo tu recuerdo?

Septiembre

Sonajero de hojarasca,
aliento de apatía, triste silbar,
llevas en la punta de los dedos
el perfume de la tierra mojada
y ni una sola estrella.
De sombrero en mi cabeza
pones humo, humo, humo
y pétalos de nube.
¿Cómo quieres que no llore?

Sabes que el verano me rebosa,
pero tú... dejas nada
en el hondón de mi pecho,
espigas de un ayer que no se acaba
a la sombra de un crepúsculo mediocre.
Poco más.

No me extraña que mis versos tiemblen.
Hay un surco a cada paso
y tengo frío con la brisa que levanta
la palabra tiempo.
¿Cuánto falta?
Casi siete meses para flores de azahar
sino mañana,
porque al naranjo le pasa como a mí,
que me desnudo al imaginar que llega abril
a mi ventana.






Mimetismo o el bicho raro.

Muchas veces
desfallezco en este viaje continuo,
camino de no sé dónde,
con la prisa pegada al zapato
que aguanta mis pasos
que ya casi corren,
intentando que no se les note
su vagar perdido.
Esas veces, esos días,
sufro vértigo
desde muy temprano.
Sentada en el colchón,
siento el suelo lejano
y lo miro
como quien contempla
el mundo desde el borde
de un precipicio.

¿Por qué va todo
tan rápido?

Mis versos no consiguen
encontrarme.
Soy propensa al escapismo
si me hablan de cadenas
y mis dedos bailan la danza
del nervio
frente al folio en blanco.
Odio estas veces, estos días
en los que hay demasiado espacio
entre tecla y tecla,
en los que un conciliador mimetismo
delata las horas muertas
y hago un camaleónico esfuerzo
para respirar.