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Bienvenidos a una tarde de invernadero

Contando este último folio, al que he decidido perdonar la arruga, tengo un tropel de hojas malditas con las que podría empapelar mi habitación. Abundan tachones despeinados en azul, lunares de tinta y signos de interrogación conminatorios, que me escrutan con una mirada hueca exigiendo respuestas. La radio está puesta en cualquier cadena, acaba de empezar otra canción, que también se acuerda de ti, y ya noto que tiembla la muñeca, que la punta del bolígrafo está arañando la esquina derecha del papel asustando a mi baile de letras. 

Sé que podría empezar de nuevo, hablar de los veranos y los viajes, de los paseos y las sonrisas... sobre todo, de las sonrisas. Citar nombres de calles y rincones, explicar el significado de algunos versos, narrar la grandeza de la eternidad posada sobre mi reloj de arena, describir el céfiro de tu aliento refrescándome la oreja o la tensión que provoca sostenerte la mirada de esmeralda. Sin embargo, el fluir facundo amaina como al pasar por un recodo estrecho si me acerco a los sentimientos, si me pongo tonta y dejo que una pajarita de nostalgia se me anude al cuello. Aunque pueda imaginarte en sepia equilibrando la balanza que lleva torcida un tiempo, no me salen las palabras. Soy incapaz de seguir escribiendo.

Llegados a este punto, navego en un barco sin vela, la vela sin llama, la llama sin fuerza. A veces, no sé si me ahogo, si he sobrevivido o es que estoy muerta y, por eso, no logro aclararme. De poco me sirve la lengua.  Hablo de la mía porque, con la tuya, estaría a salvo y la poesía no sería necesaria como invernadero de imágenes. Hay días que albergo un cementerio de intenciones que se mueren por besarte y no saben cómo hacerlo. Yo las riego, por si acaso, me dibujan el camino y te encuentro, algún día, de algún modo...

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Mañana será siempre

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!