Bienvenidos a una tarde de invernadero

Contando este último folio, al que he decidido perdonar la arruga, tengo un tropel de hojas malditas con las que podría empapelar mi habitación. Abundan tachones despeinados en azul, lunares de tinta y signos de interrogación conminatorios, que me escrutan con una mirada hueca exigiendo respuestas. La radio está puesta en cualquier cadena, acaba de empezar otra canción, que también se acuerda de ti, y ya noto que tiembla la muñeca, que la punta del bolígrafo está arañando la esquina derecha del papel asustando a mi baile de letras. 

Sé que podría empezar de nuevo, hablar de los veranos y los viajes, de los paseos y las sonrisas... sobre todo, de las sonrisas. Citar nombres de calles y rincones, explicar el significado de algunos versos, narrar la grandeza de la eternidad posada sobre mi reloj de arena, describir el céfiro de tu aliento refrescándome la oreja o la tensión que provoca sostenerte la mirada de esmeralda. Sin embargo, el fluir facundo amaina como al pasar por un recodo estrecho si me acerco a los sentimientos, si me pongo tonta y dejo que una pajarita de nostalgia se me anude al cuello. Aunque pueda imaginarte en sepia equilibrando la balanza que lleva torcida un tiempo, no me salen las palabras. Soy incapaz de seguir escribiendo.

Llegados a este punto, navego en un barco sin vela, la vela sin llama, la llama sin fuerza. A veces, no sé si me ahogo, si he sobrevivido o es que estoy muerta y, por eso, no logro aclararme. De poco me sirve la lengua.  Hablo de la mía porque, con la tuya, estaría a salvo y la poesía no sería necesaria como invernadero de imágenes. Hay días que albergo un cementerio de intenciones que se mueren por besarte y no saben cómo hacerlo. Yo las riego, por si acaso me dibujan el camino y te encuentro, algún día, de algún modo...

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