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Al paso del tiempo.

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante. 

Jaime Gil de Biedma




Que pasó el tiempo es algo que no dudan mis canas. Que la vida iba en serio, como decía Jaime, ya he empezado a comprenderlo. No sé si pronto, no sé si tarde... 

El calendario sigue su paso impávido hacia la nada, arrancándose jirones de papel y de horas, horas, horas, horas... Ya no quiero más batallas. Bastante tengo con el silencio, que es como una habitación oscura, llena de telarañas y de recuerdos empolvados, cada vez más deshechos. Se va borrando el trayecto con el paso del tiempo. 

Y tú, ¿cuándo vas a dejar mi bandera blanca, tranquila? Si quisieras, podrías frenar esta guerra, bajar las armas, darme una tregua, sellar la paz o condonarme esa deuda que crees que debo —por siempre, todavía—. Siempre hablas de fallos. Yo solo veo zancadas pretenciosas, saltos sin cuerda, rotos en paracaídas, laberintos, callejones sin salida, baches, pendientes escarpadas... nada más. Un relieve complicado del mapa de aquellos días que amarillean y languidecen con cada otoño. 

Vine a llevarme la vida por delante, yo también, y debí hacerlo como entra un elefante en una cacharrería. Ahí, sin cálculos ni prudencia, a toda prisa, por la puerta grande. Sin medir las consecuencias y así me fue... Diré en mi defensa que la mesura nunca estuvo dentro del patrimonio de mis cualidades. Soy más de viento, de ola y precipicio. Impaciente, ansiosa y delirante. Ruina sobre los hombros, una ventana al sur incrustada en el pecho y ruedas bajo los pies. 

¿Y ahora qué? ¿Cómo acaba la partida? Mi destierro dura ya toda la vida, y aún no sé quién ha ganado, si es que hay premio más allá de la conciencia de saber que no sirve para nada esta contienda maldita. 

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandarí…

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.