Pongamos que hablo de ella.

Llegó una tarde
despojada de lastres
y prejuicios.
No avisó,
porque así es como surgen
las primaveras que prometen
colores nuevos.
Al verla, noté que alborecía,
que abril se anteponía a marzo
sin permiso,
que sería para siempre,
con esa eternidad del creyente
que subyace a la utopía,
inmortal solo unos días
y, al final... fallece.

Ella fue la prisa
por llegar a una parada
viendo cómo el autobús se marcha
sin ti.
Como un calambre de pierna,
nocturno.
Como perder un partido
en el último minuto.
Como una piedra en el zapato
que acompaña al pie
en el camino de Santiago.
No sé si me explico.

Fue como una mentira muy cierta
o una verdad muy falsa.
Como despertarse a diario
con resaca o perder una lentilla
dentro del ojo.
Como una indigestión
de culpas o un culebrón
de cinco mil episodios.

Sin embargo y, pese a todo,
no me quejo. Se marchó
y, desde entonces, solo escribo
con las letras que dejó
sobre mi ombligo,
y la pena reflejada en el espejo.

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