La inmediata lejanía.

Hace años enredaba palabras en estrofas
y bordaba anhelos con quimeras
mientras el silencio callaba entre suspiros
y el rumor de unas teclas
gastadas de tristeza.
Ese sonoro silencio que decía Salinas.

Entonces,
las noches duraban más que el día
y todas se parecían a todas.
Me gustaba salir a contar la farolas
del barrio firmamento.
Coleccionaba madrugadas idénticas.
Faltaba a los amaneceres.

Quería estar tan cerca de ti
que me despegué de mí misma
para buscarte. 
Abandonada a un destino escrito
de tu puño y letra.
Siempre a la deriva 
de tus ojos.

Yo era así porque así eras tú,
o tú eras así porque a mí 
me faltaba entereza.

Recuerdo que de la nocturnidad
y alevosía
emergía el licor de palabras
más sincero.
Con la ayuda del insomnio puntual
era capaz de escribirte
un poema de esos donde los kilómetros
no son tantos como para decir
la palabra «lejos».
Ahí fue cuando comprendí
que la distancia 
era bastante subjetiva.
Que depende más del afecto 
que de los metros.
Lo nuestro era una inmediata lejanía
al alcance de la mano,
porque lo más cercano
no era lo que más cerca tenía.

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