En memoria del olvido y la agonía pasajera [renovado]

El olvido aparece reflejado en canciones, en poemas, en películas, en tertulias de amigos y novelas. Porque todos hemos hablado alguna vez de él, bastantes creen haberlo encontrado, unos pocos reconocen que no pueden olvidar -que andar olvidando es recordar de algún modo- y, otros pocos, sencillamente, intentamos convivir con su memoria.

El olvido es un engreído, un arrogante que presume de cicatrizar heridas. No tiene principios, pero sí mucha paciencia. Es un final en toda regla que te desespera jugando al escondite. Cuando más falta te hace no lo encuentras. Es un ladrón de momentos que exilia a los cantantes que cantan penas.

Hace tiempo lo busqué desesperadamente. En cada esquina, como un perro vagabundo que aferrado a su pasado olisquea cada tramo esperando encontrar algo. Y gasté madrugadas tejiendo versos, trenzando ideas, llorando a solas abrazada a los recuerdos que me quedaban del recuerdo. Cansada de mezclar noches con letras, humo con folios, tinta y ojeras. Harta de simulacros que deformaban situaciones y las convertían en un espectáculo circense donde hacíamos de bufones. Así, transcurrían vigilias sucesivas en las que quebraba el silencio con estrofas de agonía pasajera. Era un fantasma convertido en una duermevela. Era un contorno de persona amarrado a una primavera que no llega, hasta que advertí en su búsqueda una ausencia de sentido. Absurdo oficio buscarlo: si lo encuentro, lo he perdido. Por eso, abandoné esa apatía incongruente que inspiraba rimas discordantes arañando mi presente, remando a contracorriente en un mar de cobardes. Dejé de cortar mis venas con aquellas canciones que estaban llenas de pena y abanderé sonrisas para combatir tristezas de mi agonía transitoria. Porque ya lo dijo Benedetti: "el olvido está lleno de memoria".

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