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En memoria del olvido y la agonía pasajera [renovado]

El olvido aparece reflejado en canciones, en poemas, en películas, en tertulias de amigos y novelas. Porque todos hemos hablado alguna vez de él, bastantes creen haberlo encontrado, unos pocos reconocen que no pueden olvidar -que andar olvidando es recordar de algún modo- y, otros pocos, sencillamente, intentamos convivir con su memoria.

El olvido es un engreído, un arrogante que presume de cicatrizar heridas. No tiene principios, pero sí mucha paciencia. Es un final en toda regla que te desespera jugando al escondite. Cuando más falta te hace no lo encuentras. Es un ladrón de momentos que exilia a los cantantes que cantan penas.

Hace tiempo lo busqué desesperadamente. En cada esquina, como un perro vagabundo que aferrado a su pasado olisquea cada tramo esperando encontrar algo. Y gasté madrugadas tejiendo versos, trenzando ideas, llorando a solas abrazada a los recuerdos que me quedaban del recuerdo. Cansada de mezclar noches con letras, humo con folios, tinta y ojeras. Harta de simulacros que deformaban situaciones y las convertían en un espectáculo circense donde hacíamos de bufones. Así, transcurrían vigilias sucesivas en las que quebraba el silencio con estrofas de agonía pasajera. Era un fantasma convertido en una duermevela. Era un contorno de persona amarrado a una primavera que no llega, hasta que advertí en su búsqueda una ausencia de sentido. Absurdo oficio buscarlo: si lo encuentro, lo he perdido. Por eso, abandoné esa apatía incongruente que inspiraba rimas discordantes arañando mi presente, remando a contracorriente en un mar de cobardes. Dejé de cortar mis venas con aquellas canciones que estaban llenas de pena y abanderé sonrisas para combatir tristezas de mi agonía transitoria. Porque ya lo dijo Benedetti: "el olvido está lleno de memoria".

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandarí…

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.