El poema que jamás escribiré

El poema que jamás escribiré
—de ningún modo—
lleva tu nombre en cada coma,
en cada punto, en cada estrofa.

El poema que jamás escribiré
—nunca, nunca—
es un rimero de nostalgia
que obstruye la puerta del mañana.

El poema que jamás escribiré
—de verdad, lo juro—
es castigo y recompensa,
es halago y es ofensa,
igual cordura que demencia
sacudida por el viento.
Un elogio al pasado
y censura al mismo tiempo.

El poema que jamás escribiré
—aunque... tampoco es preciso
ser inflexible— no creará desconcierto.
Borraré los finales, barreré los comienzos,
Si hace falta, arrancaré con los dientes
vocales y verbos, incluso,
cubriré las palabras no escritas
con la manta de otros cuerpos.

El poema que jamás escribiré
—o puede que sí, para qué engañarnos—
será el antes y el después,
torbellino de momentos,
un encuentro de emociones
que se encuentran sin quererlo
congregadas en un verso.

El poema que jamás escribiré
no llegarás a leerlo,
no así todos los demás.
Me encargaré de ello.

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