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El poema que jamás escribiré

El poema que jamás escribiré
—de ningún modo—
lleva tu nombre
en cada coma,
en cada punto,
en cada estrofa.

El poema que jamás escribiré
—nunca—
es un rimero de nostalgia
que obstruye 
la puerta del mañana.

El poema que jamás escribiré
—lo juro—
es castigo y recompensa,
es halago y es ofensa,
igual cordura que demencia
sacudida por el viento.
Un elogio al pasado
y censura
al mismo tiempo.

El poema que jamás escribiré
—tampoco hay que ser inflexible—
no creará desconcierto.
Yo misma me ocuparé
de borrarle los finales,
de barrerle los comienzos.
Si hace falta,
arrancaré con mis dientes
las vocales y los verbos,
cubriré las palabras
no escritas
con la manta de otros
cuerpos.

El poema que jamás escribiré
—o puede que sí, para qué
engañarnos—
será el antes y el después,
torbellino de momentos,
un encuentro de emociones
que se encuentran sin quererlo
congregadas en un verso.

El poema que jamás escribiré
no llegarás a leerlo,
no así todos los demás.
Me encargaré de ello.

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