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El asfalto y la fugacidad de la vida

Iba camino de no sé dónde, siguiendo la lengua de asfalto de un túnel de lavado interminable. Podía ser un día cualquiera, pero era una de esas tardes que a nada invitan. Apenas se distinguían las líneas blancas de señalización que me separaban de la cuneta. La música de mis cantantes favoritos sonaba solapada con el ruido de las gotas que arremetían contra el coche. Todo el silencio de lluvia se me echaba encima y la luna delantera era igual que un cuadro pintado a brochazos con el limpiaparabrisas.

Me sentía marinera, volante en mano, dejando a los lados un paisaje emborronado de árboles y prados. Tuve miedo de estrellarme, salir del pavimento, terminar en una zanja enclavada. Desaparecer así, sin más, expirando mis propósitos, tanto los buenos como los menos buenos. Pausados para siempre. Fui consciente y me dio vértigo. Quise hacerlo todo en ese momento, todo lo que siempre había aplazado por vergüenza, por miedo, por orgullo o dejadez. Todo lo que no se hace hoy porque tampoco lo haremos mañana. Eran unas ansias repentinas, inútiles dentro de aquel habitáculo que patinaba sin remedio sometido al aguacero. Temblé porque nunca había montado a caballo y aquel coche galopaba desbocado convirtiendo la eternidad en un momento, en un futuro incierto sin planes ni diseños. Los días pasados golpearon a mi izquierda, en la ventanilla. Me pedían explicaciones, querían saber por qué me había arrancado la energía de los huesos para perder el tiempo, por qué tantos truenos sin tregua, por qué amores perros ladrando en lugar de ordenar los sentimientos, por qué tantas páginas de enfados y capítulos de celos, por qué había perdido amistades en arrebatos soberbios, por qué se fueron las horas suspendiendo la alegría, sudando versos. Mi cuerpo bajo el diluvio universal y yo discutiendo. Desde luego, soy la mejor eligiendo instantes para comprender lo efímero de la vida.

No sé cuánto duró la tempestad, pero midió cinco kilómetros que me parecieron infinitos y, después, las nubes se esparcieron con el soplo de mi aliento. Es inmensa la calma que crece dentro cuando el reloj se vuelve a llenar de tiempo, cuando la agenda se escribe con planes y llamadas para luego, días señalados, promesas y eventos. Que aquella tarde me sirva de escarmiento. Que haga pensar al resto.

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Versos en Peñamellera

Ella decía que allí estaba su infancia,
veranos exiguos rodeada de amigos
disfrutando en un paisaje pastoril.
No creas que es muy grande,
en realidad, es pequeño.
No vas a encontrar tiendas,
tampoco verás bares.
Te encantará mi pueblo.

Carreteras de culebra,
de humedad marrón y verde,
de sorpresa manantiales
cuando menos te lo esperes.
Una curva, otra curva,
otra más y la que sigue.
No me creo que te duermas.
¡Ya se ve desde aquí Ruenes!

Tardé lo que tarda un instante
en confirmar sus palabras,
la belleza y la magia
que encarnaban las montañas.

Además, no cabe duda:
la Sierra del Cuera sonríe
cada vez que llega agosto.
De ruido se inunda Ruenes,
las gaitas suenan muy pronto.
Voladores, banderines,
abrazos y más abrazos
de los amigos que vuelven
a reunirse año tras año
sin que importen los acentos
compartiendo el entusiasmo
y los bailes en la bolera,
y las estrellas en Somano,
y las risas, y la sidra,
y todos juntos cantando
Asturias, patria querida...
¡la fiesta se va acercando!

Si pudieras escucharme

La vida no traiciona, solo existe de un modo diferente al esperado. Luis García Montero

Con frecuencia, las palabras nos traicionan. Sumisas del viento, engarzadas a una nube o colgadas de la rama más alta de un árbol del parque, esperan el momento de ser expresadas. A veces, no por falta de elocuencia, sí exceso de ignorancia. Suponemos que habrá tiempo para usarlas cuando sea que queramos y, no siempre es posible, como indica nuestro caso. Lucubrando tus respuestas omití yo mis preguntas, y viceversa. Aceptamos lo que vino sin oponer resistencia a la crecida de las dudas, y de la distancia, y de los inviernos, y de la amargura y... no volvimos a vernos. Primero, nos separó el orgullo. Después, puso yeso de por medio la ironía de la vida, cuando ya no hubo tiempo ni tampoco despedidas que pulieran el «ya nunca...».
Si pudieras escucharme... ¡ay, si pudieras! Suspiro y se aceleran las patadas o latidos que golpean las paredes de mi pecho si pienso en esa improbable contingencia. Mandarí…

Qué hago con...

Se me han debido caer
las horas al suelo.
No las encuentro.

¿Qué hago ahora con el tiempo?

Estoy cansada de buscar,
de ver calendarios
que se deshojan
a un ritmo frenético.
Quizá sea hora
de confesar
que he perdido en la orilla del mar
mi reloj de arena (queriendo).

Desde hoy voy a contar las olas
 sin prisa,
 sin tarde,
 sin corre.

Nadie me espera.

Voy a quemar los minutos
despierta.
No tengo sueño.
Doscientos seis huesos
me llevarán
de aquí a las estrellas
o, tal vez, más lejos.

Y ya puestos a inventar,
con solo diez dedos,
crearé un nuevo planeta,
desierto,
para mí y para mis versos
de mierda,
me sobra el resto.