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Mostrando entradas de julio, 2014

La inmediata lejanía.

Hace años enredaba palabras en estrofas
y bordaba anhelos con quimeras mientras el silencio callaba entre suspiros y el rumor de unas teclas gastadas de tristeza. Ese sonoro silencio que decía Salinas.
Entonces, las noches duraban más que el día y todas se parecían a todas. Me gustaba salir a contar la farolas del barrio firmamento. Coleccionaba madrugadas idénticas. Faltaba a los amaneceres.
Quería estar tan cerca de ti que me despegué de mí misma para buscarte.  Abandonada a un destino escrito de tu puño y letra. Siempre a la deriva  de tus ojos.
Yo era así porque así eras tú, o tú eras así porque a mí  me faltaba entereza.
Recuerdo que de la nocturnidad y alevosía emergía el licor de palabras más sincero. Con la ayuda del insomnio puntual era capaz de escribirte un poema de esos donde los kilómetros no son tantos como para decir la palabra «lejos». Ahí fue cuando comprendí que la distancia  era bastante subjetiva. Que depende más del afecto  que de los metros. Lo nuestro era una in…

Retrato de un día optimista

Siete y cuarto.
El café activa su alarma de aroma
y yo acudo rauda a mi cita
con él.
Hoy no me da vértigo
bajarme de la cama.
Los pies en el suelo,
la frente muy alta.
Junto a mi ventana
se desperezan las ramas
del árbol que anoche
quería solo llover.

Amanecida está
la cocina.
Me abrazo a la taza
que humea contenta,
caliento mis dedos de mármol
y olvido la prisa. Esta vez.

Ocho menos veinte
grita el reloj en silencio.
Me encuentro en el baño
mirando al espejo algo sorprendida. 
¿Quién es la que mira
como yo lo hago?
Hay días que no me reconozco.
Me peino las olas que saltan
en mi mar revuelto
y observo en los ojos ojeras,
pinturas de guerra
que antes odiaba
y ahora entiendo que hablan
de noches en vela y versos y versos y...
batallas sin guerra.

Tres minutos pasan
de las ocho y cinco.
Me meto en la ducha,
juego con la espuma, me pongo una barba,
y luego una cresta,
estallo las pompas
que vuelan dispersas o entono algún trozo
de alguna canción
que ya no recuerdo,
solo el estribillo

Pongamos que hablo de ella.

Llegó una tarde
despojada de lastres
y prejuicios.
No avisó,
porque así es como surgen
las primaveras que prometen
colores nuevos.
Al verla, noté que alborecía,
que abril se anteponía a marzo
sin permiso,
que sería para siempre,
con esa eternidad del creyente
que subyace a la utopía,
inmortal solo unos días
y, al final... fallece.

Ella fue la prisa
por llegar a una parada
viendo cómo el autobús se marcha
—sin ti—.
Como un calambre de pierna,
nocturno.
Como perder un partido
en el último minuto.
Como una piedra en el zapato
que acompaña al pie
en el camino de Santiago.
No sé si me explico.

Fue como una mentira muy cierta
o una verdad muy falsa.
Como despertarse a diario
con resaca o perder una lentilla
dentro del ojo.
Como una indigestión
de culpas o un culebrón
de cinco mil episodios.

Sin embargo y, pese a todo,
no me quejo. Se marchó
y, desde entonces, solo escribo
con las letras que dejó
sobre mi ombligo,
y la pena reflejada en el espejo.

En memoria del olvido y la agonía pasajera [renovado]

El olvido aparece reflejado en canciones, en poemas, en películas, en tertulias de amigos y novelas. Porque todos hemos hablado alguna vez de él, bastantes creen haberlo encontrado, unos pocos reconocen que no pueden olvidar -que andar olvidando es recordar de algún modo- y, otros pocos, sencillamente, intentamos convivir con su memoria.

El olvido es un engreído, un arrogante que presume de cicatrizar heridas. No tiene principios, pero sí mucha paciencia. Es un final en toda regla que te desespera jugando al escondite. Cuando más falta te hace no lo encuentras. Es un ladrón de momentos que exilia a los cantantes que cantan penas.

Hace tiempo lo busqué desesperadamente. En cada esquina, como un perro vagabundo que aferrado a su pasado olisquea cada tramo esperando encontrar algo. Y gasté madrugadas tejiendo versos, trenzando ideas, llorando a solas abrazada a los recuerdos que me quedaban del recuerdo. Cansada de mezclar noches con letras, humo con folios, tinta y ojeras. Harta de sim…

El poema que jamás escribiré

El poema que jamás escribiré
—de ningún modo—
lleva tu nombre en cada coma,
en cada punto, en cada estrofa.

El poema que jamás escribiré
—nunca, nunca— es un rimero de nostalgia que obstruye la puerta del mañana.
El poema que jamás escribiré —de verdad, lo juro— es castigo y recompensa, es halago y es ofensa,
igual cordura que demencia
sacudida por el viento.
Un elogio al pasado
y censura al mismo tiempo.

El poema que jamás escribiré
—aunque... tampoco es preciso
ser inflexible— no creará desconcierto.
Borraré los finales, barreré los comienzos,
Si hace falta, arrancaré con los dientes
vocales y verbos, incluso,
cubriré las palabras no escritas
con la manta de otros cuerpos.

El poema que jamás escribiré
—o puede que sí, para qué engañarnos—
será el antes y el después,
torbellino de momentos,
un encuentro de emociones
que se encuentran sin quererlo
congregadas en un verso.

El poema que jamás escribiré no llegarás a leerlo,
no así todos los demás.
Me encargaré de ello.

Naufragio poético

Quiero saltar al agua para caer al cielo. Pablo Neruda.

Me he sentado a esperarte
en la orilla de tu ausencia,
hilvanando soledades  con los restos de la arena que me queda entre los dedos.
Sé que estás aquí,
puedo ver tu silueta aproximarse salpicada por el juego de las olas, puedo ver tus ojos grandes, verdemar que se une al horizonte.  Sé que estás aquí,
en las conchas quebradas
junto a las rocas,
en los surcos que retratan
la huella de tus pasos, en la espuma que cubre mis rodillas
y, también, en el bosque de pinos
que dibuja el camino de madera.  Sé que estás aquí,
te respiro más aire que nunca,
voz del levante que recita poemas
de memoria, sonriendo con la boca
de salitre y perla.  Sé que estás aquí, las gaviotas pronuncian tu nombre cuando la noche se desploma
sobre mis hombros, al igual
que lo hace el tiempo. 
Sé que estás, pero no aquí, no ahora,
vencido el faro en su empeño
de encontrarte, me deja sola
con todas las preguntas que me quedan
y cientos de versos que aún te llora…

Lo que podría haber pasado

Me acerco con paso tranquilo al presente de un recuerdo. Llevo un siglo caminando. La boca me tiembla y los dedos vacilan entre llamar a tu puerta —cuando llegue el momento— o echar a correr. Lo bueno de mi valentía es que me trajo hasta aquí. Lo malo es que me ha dejado sola, con la lengua dormida y el discurso olvidado, con un pie en la iniciativa y el otro intentando huir. Te preguntarás qué hago aquí. Me preguntarás por qué he vuelto, y yo no sabré responderte. Siempre colgaron telarañas de la razón. Podría decirte que seguí el lucero vespertino que iluminó mi ventana anoche y me condujo a ti. También, podría decirte que no fue algo repentino, que fue una decisión madurada en el tiempo, un viaje que fui posponiendo porque me daba miedo mirarte y encontrar a un ser extraño, ajeno a mí. Estoy parada delante de tu puerta, desentumeciendo explicaciones y sacando brillo a la conciencia, justo cuando apareces tú, doblando la esquina. Reconocería a mil kilómetros esa manera de romp…

Si me das una efe

Editado: 05-01-2017
Fiambres que confabulan para frivolizar esta fábula. Falsos firmamentos de fulgor efímero y furtivo, como los finales felices. ¡Qué estafa! Estrofas de fuego sin fuelle. Te afanas en proferir confusas flemas que conforman tus fúnebres defensas injustificadas. Te aferras a mofas afiladas  que infectan mis fauces. Fabricas infamias sin filtro donde figuras infieles naufragan en fosas de asfalto. ¡Qué farsa! Fuimos la pifia desfasada de unas ninfas que profundizaron hasta fundirse en el fango. Sufrimos el fanatismo afectivo fornicando como si fuera un sacrificio, sin fijar fronteras, sin cifrar los fallos. Te ofrecí rectificar, transformar las fobias  en refugios factibles y tú te fumaste las formas de fiesta en fiesta, profanando mi confianza. ¡Qué fraude! Prefiero un fracaso frío a un futuro de falacias fieles a ti. Me fallaste al conformarte con fluidos. Te confieso que ya no me fío. Que te follen.

El asfalto y la fugacidad de la vida

Iba camino de no sé dónde, siguiendo la lengua de asfalto de un túnel de lavado interminable. Podía ser un día cualquiera, pero era una de esas tardes que a nada invitan. Apenas se distinguían las líneas blancas de señalización que me separaban de la cuneta. La música de mis cantantes favoritos sonaba solapada con el ruido de las gotas que arremetían contra el coche. Todo el silencio de lluvia se me echaba encima y la luna delantera era igual que un cuadro pintado a brochazos con el limpiaparabrisas.

Me sentía marinera, volante en mano, dejando a los lados un paisaje emborronado de árboles y prados. Tuve miedo de estrellarme, salir del pavimento, terminar en una zanja enclavada. Desaparecer así, sin más, expirando mis propósitos, tanto los buenos como los menos buenos. Pausados para siempre. Fui consciente y me dio vértigo. Quise hacerlo todo en ese momento, todo lo que siempre había aplazado por vergüenza, por miedo, por orgullo o dejadez. Todo lo que no se hace hoy porque tampoco l…

Descontento eterno

Siempre he preferido entender la vida
como un ovillo de complejidad
a admitir que soy yo quien aporta
la contrariedad que me desborda
los días y los versos.

Inconformista natural...
tengo la manía de idealizar
lo que no tengo
y suelo aburrirme deprisa
si busco y no hallo en mis ojos
reflejado el volcán del comienzo.

¿Cuándo va a parar el tiempo?
La rueda girará sobre otros cuerpos
buscando el privilegio de la curva de una boca
capaz de adelantar la primavera
al mes de enero,
capaz de alzar el vuelo de una orquesta de palomas
marcado al compás de unas pestañas
en movimiento.

Y puede que no exista,
que sea solo excusa o un consuelo.
Yo seguiré buscando. Viviendo
la evidencia de un eterno descontento.