Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de 2014

Correr hacia atrás

Yo no buscaba a nadie y te vi.
Fito Paez - Un vestido y un amor.


Despacio, deprisa,
he corrido de muchas maneras
pero siempre en el mismo
sentido:
hacia delante.
Sin embargo, hoy quiero
correr hacia atrás.
No para ganar
impulso.
No para revivir
el pasado.
Quiero correr de espaldas,
desconocer contra qué
terminaré chocando.
Retroceder acelerando.
Parecer un hálito armonioso
semejante a la brisa del mar
que aún recuerdo.
Imprimir velocidad,
pero a la inversa.
Viajar marcha atrás,
visitando lugares
donde la incertidumbre
no me dé miedo
y la rutina no aporte
tanta seguridad.
Beber de lo inesperado.
Dejarme tocar por lo casual.
Saltar,
saltar sin mirar.
Que el cogote decida
cómo,
cuándo
y hacia dónde.
Anhelo
un tropiezo repentino,
un saludo
sin mirar a quién,
unas suelas gastadas
por la puntera.
Un encuentro que,
aunque quiera,
no lo busque,
que me encuentre,
de repente
a mí él.

Me falta un poema

Cuando ya he repasado los versos
de todo mi repertorio
y he ordenado verdades
y he subrayado mentiras
y me he cansado de olvidarte
todos los días de todos los meses
que engloban los años sin ti,
me doy cuenta:
me falta un poema.

Sí.
Porque es fácil hablar
de cometas, estrellas fugaces,
planetas y otras historias;
decir que me duele,
contar que recuerdo batallas
y glorias.
También, las derrotas,
los besos, las curvas, las lunas
de noches con ojos abiertos...
Que sí, que sí,
que hay un caudal de poesía
en todo eso;
pero, a mí, me falta un poema
y no puedo hacerlo
por mucho que quiera.

Inquieta ante el folio
que cubre de blanco mi angustia,
se enreda la lengua,
tiritan los dedos y sudo recuerdos
que no sé si quiero que vuelvan,
si llegan sin filtro, sin miedo,
diciéndome:
ni todo era tan malo,
ni tú eras tan buena.

Y, al final, me quedo sin poema.

Aunque mis manos busquen a tientas

Aunque mis manos busquen a tientas
entre las teclas los versos
que sabrán dibujarte, todavía,
y sea capaz mi aullido de rozar
tu hombro desde la distancia,
como un murmullo de nadie
oído en el silencio de la noche.

Aunque retengas momentos de viajes,
sonrisas que broten con ellos,
la letra de algunas canciones,
mi nombre, tal vez, algún gesto,
la huella de lo que fue herida
y aquella pulsera de cuero
que en julio te regalé.

Aunque consiga parecerme
a lo que entiendes por nostalgia,
teniendo un segundo la suerte
de ser pellizco en tu pecho,
suspiro que exhales
o arroyo en tus ojos;
nada de esto servirá, amor,
con el paso de la vida,
para que yo tenga
cobijo en tu memoria
y tu vivas en mí, eternamente.




Cuando quieras buscarme

No te detengas nunca cuando quieras buscarme. Si ves muros de agua, anchos fosos de aire, setos de piedra o tiempo, guardia de voces, pasa. Te espero con un ser  que no espera a los otros: en donde yo te espero solo tú cabes. 
Pedro Salinas 



Llamada entrante o simulacro de vida. Cuando empezaba a sonar la melodía, agarraba de un zarpazo la esperanza con botones que podría devolverme tu voz. Sin embargo, perdí los ojos antes de ver tu nombre escrito en la pantalla y, a pesar de ello, nunca he buscado razones a la demora. Quizá, era demasiado pronto o, tal vez, demasiado tarde para creer en tu regreso. 
Soñarte. Un crepúsculo azul oscuro tupido de estrellas. Tus manos acariciando mis poros. La intimidad plácida que acogen tus pestañas, desde donde puede contemplarse el océano, sentir el vaivén de las olas, quedar hipnotizada por ti, en ti, contigo. Tumbarme en tus labios, balcón desde el cual se puede gobernar el mundo. Pasearte, dejar que la yema de mis dedos atraviese el campo de espigas suave…

Una noche como otra cualquiera

Enciendo una barra de incienso —el tabaco de imitación usado por los que no fumamos— para recrear las nubes en nuestra habitación. Deben ser las tres y media, por lo menos. No voy a comprobarlo. He puesto el despertador de espaldas, contra la pared, lo he castigado. Eso le pasa por correr. Le he dicho mil veces que no vaya tan rápido, que me mareo siguiendo los giros de las manecillas, pero él, a lo suyo.
El flexo encorvado mirando hacia el folio, parece una réplica de mi propio cuerpo cansado. Debería acostarme. Seguro que encuentro en la cama algún sueño que aún no he soñado. La infusión se ha enfriado en el vaso. A falta de ron, un té verde haciendo las veces de pócima encantadora. Quería brindar esta noche, beber de un trago, de un golpe, de un daño que arañe la lengua y reviente el estómago. Quizá, en ese idioma, el de la embriaguez, pueda aborrecerla por un rato, escupiendo sus protestas, sus promesas, sus propuestas que dejaban la puerta abierta al ensayo sin importar el desas…

Ya veré si algún día

Ya veré si algún día me conformo con tenerte tan dentro, tan nada, tan lejos. A lo mejor llega el momento y me desboco, dando rienda suelta a la indomable que me grita, porque la tela tensa hasta que quiebra en hilos sueltos... A ver quién sobrehíla. 
Ya veré si algún día desahogo los besos que tiré al mar entonces, y los traigo a la orilla de un poema y reanimo su saliva con mis letras en un boca a boca, o en un verso a verso. ¡Qué bien sabrá besarte de nuevo!
Ya veré si algún día recojo flores de los vastos jardines sin aurora. ¿Seguirán las buganvillas enredadas en los muros del resentimiento? Le cuesta tanto a mi memoria meterte en el olvido... sacarte del recuerdo...

Me acordé de ti

Ojalá sólo me hubiera acordado de ti,
no de ti indecisa,
no de ti preocupada.
Sólo de ti.

Te vi sonreír
con esos labios inacabables
que se retuercen
durante un enfado.

Recordé que disfrutabas
de los amaneceres perezosos
y del aroma a café,
lejana,
ajena a los reproches
que te gritaba
en silencio,
arrebatos de una miopía
empeñada en ver
a dos amapolas
sacudiéndose el frío
cuando solo éramos
dos vagones descarrilados
en diciembre.

La osadía de los cobardes

Hubo una vez. Hubo muchas, pero una fue...  El cielo era índigo de estrellas ausentes. El faro dormía, la luna no. Hablábamos de musas y errores, tropiezos con la misma roca. Ceguera, porfía o despiste. Romanticismo, juventud o idiotez. Yo hundía mis dedos en la arena pintando sin miedo a las olas que se acercaban a ver, con la curiosidad salada y helada a esas horas. Aquella noche duró hasta hace un rato. Tuve tiempo, demasiado. Jugué con caballitos de mar, relaté a los peces mi naufragio poético, refresqué la memoria mar adentro y volví a la orilla de nuevo cuando la marea estaba subiendo. 
Seguro que no imaginas, seguro que no imaginas las veces que... no, seguro que no. Igual sí que lo haces pero falla tu perspicacia. Qué horror. Qué hueco es tu silencio. Preferiría no oírlo ahora que me falta el oxígeno. Se rompió la botella de sol que atrapaba el viento. Tu aire. Mi aire. Se borró todo lo que había escrito desde hace tiempo. No me importa volver a empezar a decir lo que era cie…

Sentir o no

Eterno interrogante
de quien cura con amnesia  el daño que sufrió.
¿Sentir o no?

Caí al fango, aún lo recuerdo. Marcas de barro son el rastro de la errata. Se me clava tu tilde todo el tiempo. ¿Sentir o no?
Soy una zombi sentimental. El garabato de luna menguante  que pinta tus labios me alela,
y explota mi corazón bajo la blusa.
Mariposas y flores,
serpentinas brincando en el pecho.
Todos me miran y dicen:
«Ahí va otra loca con el amor atado al cuello». Un collar que lastra el movimiento. Creo que me ahogo.
¿Sentir o no?

La próxima vez, si es que hay próxima, me pido un collar dos tallas más grande.

¿Sentir o no?
Sentir, sin duda.
Aunque solo sea porque, para ganar, hay que apostar primero.
Estoy segura.  Llegará el alba  y los viejos pesares serán legañas de otros eneros.

Mi mejor abril

Mi mejor abril llegó en febrero aunque fuera otro el mes que supo ver en ti a nadie más. No es por exagerar: todos los parques del mundo cabían en tus ojos y, todavía, era invierno. 
Una leyenda añil cubrió el cielo con el atardecer. Voy a decir que no podré olvidar de brisa un vendaval,  deprisa conocí una suma de estrellas en el firmamento.
Subió el nivel del mar,  sudor sobre la piel, sublime el litoral a orillas de tu cuerpo.
Sé que te acuerdas sin mí de aquel abril que abrió  ventanas por doquier, cerrándome las dudas que ahora causan revuelo.
¿Dónde quedó ese mes que no ha vuelto a pasar? ¿Dónde tengo que ir  para que nos encontremos?  ¿Dónde pongo tu recuerdo?

Mimetismo o el bicho raro.

Muchas veces
desfallezco en este viaje continuo,
camino de no sé dónde,
con la prisa pegada al zapato
que aguanta mis pasos
que ya casi corren,
intentando que no se les note
el vagar perdido.
Esas veces, esos días,
sufro vértigo
desde muy temprano.
Sentada en el colchón,
siento el suelo lejano
y lo miro
como quien contempla
el mundo desde el borde
de un precipicio.

¿Por qué va todo
tan rápido?

Mis versos no consiguen
encontrarme.
Soy propensa al escapismo
si me hablan de cadenas
y mis dedos bailan la danza
del nervio
frente al folio en blanco.
Odio estas veces, estos días
en los que hay demasiado espacio
entre tecla y tecla,
en los que un conciliador mimetismo
delata las horas muertas
y hago un camaleónico esfuerzo
para respirar.

Al paso del tiempo.

Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde -como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante. 
Jaime Gil de Biedma



Que pasó el tiempo es algo que no dudan mis canas. Que la vida iba en serio, como decía Jaime, ya he empezado a comprenderlo. No sé si pronto, no sé si tarde... 
El calendario sigue su paso impávido hacia la nada, arrancándose jirones de papel y de horas, horas, horas, horas... Ya no quiero más batallas. Bastante tengo con el silencio, que es como una habitación oscura, llena de telarañas y de recuerdos empolvados, cada vez más deshechos. Se va borrando el trayecto con el paso del tiempo. 
Y tú, ¿cuándo vas a dejar mi bandera blanca, tranquila? Si quisieras, podrías frenar esta guerra, bajar las armas, darme una tregua, sellar la paz o condonarme esa deuda que crees que debo —por siempre, todavía—. Siempre hablas de fallos. Yo solo veo zancadas pretenciosas, saltos sin cuerda, rotos en paracaídas, laberintos, callejones sin salida, baches, pe…

Para no faltar a la mentira

No conoce el amor la compasión. La marca del fuego. Felipe Benítez Reyes

Era falso tu idilio con la luna,
tu miedo al ostracismo,
tu deseo de guerra.
Era cierta tu lengua de poeta,
tu angustia al despedirnos,
tu paz llena de culpa.

Perdona, creo que me he equivocado,
erré en algunos versos,
espera que retoque.
Solo hace falta que cambie el enfoque,
unos golpes de efecto
y lo dejo arreglado.

Era falsa tu meta sin llegada,
tu sonrisa inocente,
tu bondad infinita.
Era cierto tu arte con la mentira
tu amor por el presente,
tu mirada de gata.

Ahora sí, ¿ves? No era tan difícil.
Decimos la verdad
y seguimos mintiendo.
Para inventar, tu tienes el talento,
y, para qué engañar,
yo quiero que me mientas
para seguir creyendo.

Inventario de preguntas sin respuesta

Estoy convencida: las preguntas sin respuesta quedan flotando en el aire hasta que alguien las recoge y las contesta, como un globo rescatado de las ramas de un árbol. No pueden existir cuestiones huérfanas de réplicas. Aunque... ahora que lo pienso, si existen respuestas a preguntas no realizadas, puede que también existan preguntas que mueran ahorcadas con el signo de interrogación, ¿verdad? No, no puede ser. Toda pregunta tiene una respuesta. Yo no me quedo tranquila hasta que no la encuentro.

Señoras... señores... a mí no me vale un "sí", un "no". Confieso ser de las que buscan una explicación. Y en esa vesania natural de averiguación constante, buscando el porqué de todo, he descubierto que mis preguntas no son solo mías, que sobrevuelan la ciudad, que se agitan en el aire porque ya hubo otra persona que las formuló hace tiempo, y se escaparon de su boca o de su mente igual que un globo de la mano de un niño.

¿Por qué empeñarse en sumar capítulos a una h…

Bienvenidos a una tarde de invernadero

Contando este último folio, al que he decidido perdonar la arruga, tengo un tropel de hojas malditas con las que podría empapelar mi habitación. Abundan tachones despeinados en azul, lunares de tinta y signos de interrogación conminatorios, que me escrutan con una mirada hueca exigiendo respuestas. La radio está puesta en cualquier cadena, acaba de empezar otra canción, que también se acuerda de ti, y ya noto que tiembla la muñeca, que la punta del bolígrafo está arañando la esquina derecha del papel asustando a mi baile de letras. 
Sé que podría empezar de nuevo, hablar de los veranos y los viajes, de los paseos y las sonrisas... sobre todo, de las sonrisas. Citar nombres de calles y rincones, explicar el significado de algunos versos, narrar la grandeza de la eternidad posada sobre mi reloj de arena, describir el céfiro de tu aliento refrescándome la oreja o la tensión que provoca sostenerte la mirada de esmeralda. Sin embargo, el fluir facundo amaina como al pasar por un recodo es…

La inmediata lejanía.

Hace años enredaba palabras en estrofas
y bordaba anhelos con quimeras mientras el silencio callaba entre suspiros y el rumor de unas teclas gastadas de tristeza. Ese sonoro silencio que decía Salinas.
Entonces, las noches duraban más que el día y todas se parecían a todas. Me gustaba salir a contar la farolas del barrio firmamento. Coleccionaba madrugadas idénticas. Faltaba a los amaneceres.
Quería estar tan cerca de ti que me despegué de mí misma para buscarte.  Abandonada a un destino escrito de tu puño y letra. Siempre a la deriva  de tus ojos.
Yo era así porque así eras tú, o tú eras así porque a mí  me faltaba entereza.
Recuerdo que de la nocturnidad y alevosía emergía el licor de palabras más sincero. Con la ayuda del insomnio puntual era capaz de escribirte un poema de esos donde los kilómetros no son tantos como para decir la palabra «lejos». Ahí fue cuando comprendí que la distancia  era bastante subjetiva. Que depende más del afecto  que de los metros. Lo nuestro era una in…

Retrato de un día optimista

Siete y cuarto.
El café activa su alarma de aroma
y yo acudo rauda a mi cita
con él.
Hoy no me da vértigo
bajarme de la cama.
Los pies en el suelo,
la frente muy alta.
Junto a mi ventana
se desperezan las ramas
del árbol que anoche
solo quería llover.
Amanecida está
la cocina.
Me abrazo a la taza
que humea contenta,
caliento mis dedos de mármol,
olvido la prisa
esta vez.

Ocho menos veinte ya
marca el reloj.
Estoy en el baño mirando al espejo
algo sorprendida.
¿Quién es la que mira
como lo hago yo?
Ya reconocida, reconozco
que me echaba de menos.
Me peino las olas
de mar revuelto
y observo en los ojos
ojeras,
pinturas de guerra
que antes odiaba y ahora
entiendo que hablan
de noches en vela
y versos, y versos, y versos...
batallas sin guerra.

Tres minutos pasan
de las ocho y cinco.
Me meto en la ducha,
juego con la espuma, me pongo una barba,
y luego una cresta,
estallo las pompas
que vuelan dispersas o entono un trozo
de alguna melodía
que ya no recuerdo,
solo el estribillo
que canto y repito…

Pongamos que hablo de ella.

Llegó una tarde
despojada de lastres
y prejuicios.
No avisó,
porque así es como surgen
las primaveras que prometen
colores nuevos.

Al verla noté
que alborecía otra vez,
que abril se adelantaba a marzo,
sin permiso,
que sería para siempre,
con esa eternidad del creyente
que subyace a la utopía,
inmortal solo unos días
y, al final... fallece.

Ella fue la prisa por llegar
a una parada
y ver cómo el autobús se marcha
—sin ti—.
Como un calambre
de pierna, nocturno.
Como perder un partido
en el último minuto.
Como una piedra en el zapato
que te acompaña
durante el camino de Santiago.

No sé si me explico.

Fue como una mentira muy cierta
o una verdad muy falsa.
Como despertarse
a diario con resaca.
Como perder una lentilla
dentro del ojo.
Como una indigestión
de culpas y quejas.
Como un culebrón
de mil episodios.

Sin embargo, y pese a todo,
no me quejo.
Se marchó y, desde entonces,
solo escribo
con las letras que dejó
sobre mi ombligo,
y la pena que refleja
en el espejo.

En memoria del olvido y la agonía pasajera [renovado]

El olvido aparece reflejado en canciones, en poemas, en películas, en tertulias de amigos y novelas. Porque todos hemos hablado alguna vez de él, bastantes creen haberlo encontrado, unos pocos reconocen que no pueden olvidar -que andar olvidando es recordar de algún modo- y, otros pocos, sencillamente, intentamos convivir con su memoria.

El olvido es un engreído, un arrogante que presume de cicatrizar heridas. No tiene principios, pero sí mucha paciencia. Es un final en toda regla que te desespera jugando al escondite. Cuando más falta te hace no lo encuentras. Es un ladrón de momentos que exilia a los cantantes que cantan penas.

Hace tiempo lo busqué desesperadamente. En cada esquina, como un perro vagabundo que aferrado a su pasado olisquea cada tramo esperando encontrar algo. Y gasté madrugadas tejiendo versos, trenzando ideas, llorando a solas abrazada a los recuerdos que me quedaban del recuerdo. Cansada de mezclar noches con letras, humo con folios, tinta y ojeras. Harta de sim…

El poema que jamás escribiré

El poema que jamás escribiré
—de ningún modo—
lleva tu nombre
en cada coma,
en cada punto,
en cada estrofa.

El poema que jamás escribiré
—nunca— es un rimero de nostalgia que obstruye  la puerta del mañana.
El poema que jamás escribiré —lo juro— es castigo y recompensa, es halago y es ofensa,
igual cordura que demencia
sacudida por el viento.
Un elogio al pasado
y censura
al mismo tiempo.

El poema que jamás escribiré
—tampoco hay que ser inflexible—
no creará desconcierto.
Yo misma me ocuparé
de borrarle los finales,
de barrerle los comienzos.
Si hace falta,
arrancaré con mis dientes
las vocales y los verbos,
cubriré las palabras
no escritas
con la manta de otros
cuerpos.

El poema que jamás escribiré
—o puede que sí, para qué
engañarnos—
será el antes y el después,
torbellino de momentos,
un encuentro de emociones
que se encuentran sin quererlo
congregadas en un verso.

El poema que jamás escribiré no llegarás a leerlo,
no así todos los demás.
Me encargaré de ello.

Naufragio poético

Quiero saltar al agua para caer al cielo. Pablo Neruda.

Me he sentado a esperarte a la orilla de tu ausencia, hilvanando soledades  con los restos de la arena que me queda entre los dedos.
Puedo ver tu silueta aproximarse, salpicada por el juego de las olas. Puedo ver también tus ojos grandes, del azul del horizonte. 
Sé que estás aquí, en las conchas quebradas junto a las rocas, en los surcos que retratan la huella de tus pasos, en la espuma que cubre mis rodillas, en el verde de los pinos que ocupan el camino de madera.  
Sé que estás aquí.  Te respiro más aire que nunca, recitando poemas de memoria  con la voz del levante, sonriendo con tu boca de salitre y perla. 
Sé que estás aquí. Las gaviotas pronuncian tu nombre mientras cae la noche sobre mis hombros, al igual que se desploma el tiempo.
Sé que estás, pero no aquí, no ahora,  en la hora del crepúsculo, cuando el faro enciende las preguntas que nos quedan  y mis versos reconocen  que aún te lloran.

Lo que podría haber pasado

Me acerco con paso tranquilo al presente de un recuerdo. Llevo un siglo caminando. La boca me tiembla y los dedos vacilan entre llamar a tu puerta —cuando llegue el momento— o echar a correr. Lo bueno de mi valentía es que me trajo hasta aquí. Lo malo es que me ha dejado sola, con la lengua dormida y el discurso olvidado, con un pie en la iniciativa y el otro intentando huir. Te preguntarás qué hago aquí. Me preguntarás por qué he vuelto, y yo no sabré responderte. Siempre colgaron telarañas de la razón. Podría decirte que seguí el lucero vespertino que iluminó mi ventana anoche y me condujo a ti. También, podría decirte que no fue algo repentino, que fue una decisión madurada en el tiempo, un viaje que fui posponiendo porque me daba miedo mirarte y encontrar a un ser extraño, ajeno a mí. Estoy parada delante de tu puerta, desentumeciendo explicaciones y sacando brillo a la conciencia, justo cuando apareces tú, doblando la esquina. Reconocería a mil kilómetros esa manera de romp…

Si me das una efe

Editado: 05-01-2017
Fiambres que confabulan para frivolizar esta fábula. Falsos firmamentos de fulgor efímero y furtivo, como los finales felices. ¡Qué estafa! Estrofas de fuego sin fuelle. Te afanas en proferir confusas flemas que conforman tus fúnebres defensas injustificadas. Te aferras a mofas afiladas  que infectan mis fauces. Fabricas infamias sin filtro donde figuras infieles naufragan en fosas de asfalto. ¡Qué farsa! Fuimos la pifia desfasada de unas ninfas que profundizaron hasta fundirse en el fango. Sufrimos el fanatismo afectivo fornicando como si fuera un sacrificio, sin fijar fronteras, sin cifrar los fallos. Te ofrecí rectificar, transformar las fobias  en refugios factibles y tú te fumaste las formas de fiesta en fiesta, profanando mi confianza. ¡Qué fraude! Prefiero un fracaso frío a un futuro de falacias fieles a ti. Me fallaste al conformarte con fluidos. Te confieso que ya no me fío. Que te follen.

El asfalto y la fugacidad de la vida

Iba camino de no sé dónde, siguiendo la lengua de asfalto de un túnel de lavado interminable. Podía ser un día cualquiera, pero era una de esas tardes que a nada invitan. Apenas se distinguían las líneas blancas de señalización que me separaban de la cuneta. La música de mis cantantes favoritos sonaba solapada con el ruido de las gotas que arremetían contra el coche. Todo el silencio de lluvia se me echaba encima y la luna delantera era igual que un cuadro pintado a brochazos con el limpiaparabrisas.

Me sentía marinera, volante en mano, dejando a los lados un paisaje emborronado de árboles y prados. Tuve miedo de estrellarme, salir del pavimento, terminar en una zanja enclavada. Desaparecer así, sin más, expirando mis propósitos, tanto los buenos como los menos buenos. Pausados para siempre. Fui consciente y me dio vértigo. Quise hacerlo todo en ese momento, todo lo que siempre había aplazado por vergüenza, por miedo, por orgullo o dejadez. Todo lo que no se hace hoy porque tampoco l…

Descontento eterno

Editado: 05-01-2017

Prefiero entender la vida como una madeja
llena de complejidad
a admitir que soy yo quien aporta
la contrariedad que me desborda
los días y los versos.

Inconformista natural,
tengo la manía de idealizar lo que no tengo
y, además,
suelo aburrirme muy deprisa
cuando busco y no hallo en mis ojos
el volcán del comienzo.

Siempre me pregunto dónde va a parar
el tiempo.
La rueda vuelve a girar.
Yo seguiré buscando, aunque sea
en otros cuerpos.
Y, quizá, no sea cierto
que albergue tu sonrisa el privilegio
de adelantar la primavera al mes de enero,
ni consigas que una orquesta
de palomas alce el vuelo
al compas de tus pestañas en movimiento.
Puede que no existas
fuera de mi imaginación.
Puede que solo seas una excusa
o el consuelo
de quien vive la evidencia
de un eterno descontento.