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Me viene a la memoria lo que no ocurrió

Ansias. Nubes. Me esperaba el amor, con un gusto ignorado en el beso completo y en el cuerpo sin límites un extraño temblor…
María Calcaño




     No me pidas que imagine con ventisca una hoguera sin que arda en mis labios ni te queme a ti en los dedos. Ya no puedo, no me sale, no concibo otra forma de acercarme al recuerdo de un futuro que quiero que llegue a mi puerta, golpeando con un puño de desorden y naciéndole un puñado de amapolas en la palma de la mano.
No pretendas que desista de encontrarme donde se acaba el naufragio, es decir, a orillas de tu playa. No me llenes de celaje ese azul que veo tan claro desde que lo veo sin ojos, a través de mi ventana (al sur, siempre al sur). Ni siquiera el descontento me parece tan eterno a estas alturas, ni el odio que le debo a la musa se me hace tan pesado (porque claro... hasta lo fingido pesa, pero no). Tú lo sabes: al principio, era un juego, un vaivén, un cosquilleo y, después... 
La próxima vez que te vea, que no será en sueños, me vendrán a…
Entradas recientes

Rebeldía a las tres de la mañana

Mis letras no quieren,
pero un jueves triste puedo odiarte,
aunque sea falseando los rencores
y evitando todo cepo de añoranza.
Por delante, queda nada.

Ya no es como era antes la nostalgia.

Esa pena instalada en el pecho
al acecho del recuerdo embellecido,
te parece, pero no te está mirando.
Solo quiero que te pierdas en la falla
del olvido, en el hueco descuidado
de la tierra donde no brota
memoria ni deseo de reencuentro.

Que no sigas dando cuerda
a la caja enmudecida,
que no soy tu bailarina
ni esta historia se merece ya
más giros.

Quiero ser contigo [colaboración]

Colaboración en prosa con  Verónica Teja Obregón  (Poémame)



¿Qué eras, nostalgia? ¿Otro nombre dado al vacío? ¿Soledad? ¿Lo peor de mí?
Lo he olvidado, ¿acaso importa? Lo que vale y me eleva dos palmos por encima de las nubes es saber que la luz sigue encendida en mi pecho, justo eso. Eso justo anhelaba y lo he encontrado en la voz de un nuevo día despertándome del sueño.
Llegaste. Tan elegante… seduciendo con tu aroma de vida recién hecha y luciendo carmín en los labios del color de la poesía. Eras tú tan igual a los sueños… ¿Cómo no reconocerte en las plumas del ocaso que se funden con el vuelo de un poema? Sí, tú, suspiro de esperanza que no cabe en los pulmones (de quien milagros no espera). Espanto de nubes, tropel colorido volante en mi vientre, melodía continua, sonrisa permanente llamando a mi puerta. Es así, de esta manera tan perfecta, tan tuya, como desatas de la quimera los hilos que sujetan mis latidos a los puños. Ya son libres de posarse donde quieran, ya era hora que el…

Huir sin retirarse

Hay algo en la huida que no se va.
Corre la angustia encarnada en los labios,
marcha indignación
de la mano de iris grises, disecados,
y se aleja el horror
enfundado en piernas, brazos
que avanzan sin saber a dónde van.
Sin embargo, permanece
lo que fue y no será fuera de allí:
vida arrancada al trozo de vida
que se hunde en el fango.

Hay algo en la huida que no se va.
La arruga en proyectos, los sueños inermes
o la historia amarrada a un cascote
de piedra de casa arruinada
que puede algún día, quién sabe,
volverse hogar.

Palimpsesto del olvido

Dichoso aquel que un día desanduvo la vida
hasta alcanzar la paz de lo no aconsejable.
J.M. Caballero Bonald



Fue en la primera estrella, a la izquierda
del asombro. Allí me di cuenta:
en mi vientre habían crecido corales
y el viento, como manera nueva
de acariciarle el lomo al azar.

Empecé a gritar al cielo:
¡Que quiten de ahí esa luna!
¿Quién necesita más luz?

Tuve que acostumbrarme, entonces,
a gastarle a la noche las horas
guardando juicios en cajas sin fondo,
ocupando la mente en un duelo
de palabras afiladas,
al estilo de Rodia delirante
rompiendo los confines
en Crimen y castigo.

Todo era posible en un cuadro picassiano
y, en medio de la nada que vino,
más tarde,
aprendí a olvidar, es decir,
a vivir sin quitar la postilla al recuerdo.

Fue en la segunda estrella, derecha y encima
de la primera estrella,
donde se preparó el barniz,
ya perdida la inocencia y doblado el asombro;
pero el brillo ya no quema
la retina de los ojos,
sí redobla el corazón...

¡Qué bonito me parece
ver voland…

¿Qué buscaba?

Uno no sabe ver aquello que ignora que está buscando.  Rosa Montero - La hija del caníbal. 


Llamaba la atención de la tarde
tirando de sus largas horas,
horas muertas,
con los dedos de mis letras
todavía por escribirse.
De piernas, de brazos cruzados.
La vida fluyendo sin mí.
Ajena a continuas caídas de hojas,
heladas, sequías y, también,
floraciones.
Muy quieta en el banco del parque
donde revivía a diario su mirada
confundida
con el verde de la hierba.

Recorrí todas las sendas
sin moverme de aquel sitio,
y, sabiéndome inepta,
en todas ellas me perdí.
¿Qué buscaba?
¿Una réplica de aquellas sacudidas,
una herida reabierta, un disparo
de poesía, una acequia, nuevos mirlos,
más ventanas, otros ojos… la salida?

Si supiera su mirada confundida
con el verde de la hierba
que me duermo cada noche
enroscada
en los versos de Salinas, temblaría;
que la voz ya no le debo
ni tampoco la mirada.

Huelo miedos
que no duelen como antes.
No me falta ya la luna
cada noche
ni el sol cuando…

Veo ahora hasta sin ojos

Como un sueño que revive los aromas
atendiendo al más nítido detalle,
que recibe la caricia de unas manos
imposibles de tocar,
que persigue retenerte custodiando
las mejores medias lunas
de tu boca. Así siento este poema.

Él me dice:
¿Ves aquella lengua azul que surge
entre el manto gris de nubes?
Todavía, no vi las nubes —le respondo
tras un siglo contemplando el cielo.

Vuelan letras de los versos
con el viento que refresca, pero arde.
Llega brisa susurrándome a la oreja
como seda deslizada, suavemente,
y me cuenta lo que callo
a voz en grito
cuando no sé esconderme,
cuando no sé responderme.

Veo ahora hasta sin ojos
lo que antes fue penumbra.
Cuento estrellas por millares.
Laten versos todo el día.