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Veo ahora hasta sin ojos

Como un sueño que revive los aromas
atendiendo al más nítido detalle,
que recibe la caricia de unas manos
imposibles de tocar,
que persigue retenerte custodiando
las mejores medias lunas
de tu boca. Así siento este poema.

Él me dice:
¿Ves aquella lengua azul que surge
entre el manto gris de nubes?
Todavía, no vi las nubes —le respondo
tras un siglo contemplando el cielo.

Vuelan letras de los versos
con el viento que refresca, pero arde.
Llega brisa susurrándome a la oreja
como seda deslizada, suavemente,
y me cuenta lo que callo
a voz en grito
cuando no sé esconderme,
cuando no sé responderme.

Veo ahora hasta sin ojos
lo que antes fue penumbra.
Cuento estrellas por millares.
Laten versos todo el día.
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Nuevos aires, querida Wendy

Decía Benedetti que el tiempo es como el viento, empuja y genera cambios. Qué te voy a decir a ti, querida Wendy, dríade abrazada a árboles de nieve, deslucida sombra en noches de insania y, de vez en cuando, marioneta subida a caballos de acero, desbocados. Qué te voy a decir a ti, depósito de miedos y albergue de almas opacas... Todo eso eras, hasta que dejaste de serlo. Porque siempre hay un comienzo, ¿verdad? Porque la espera irrita, indigna y desalienta; pero, también, es capaz de acaparar toda la energía que deberíamos invertir en VIVIR, antes de que la palabra «tarde» se pose sobre la lánguida boca de un cuerpo perecedero. 

Un día te sonó la alarma del aire nuevo. No me extraña en absoluto tu sorpresa, mirando a todas partes, buscando la cámara oculta e irónica de la realidad que te llovía en ese momento. Incrédula, como todo aquel que ha perdido demasiado tiempo lamiéndose las penas, en lugar de encaminar la barbilla y los ojos hacia lo cierto, que no es más que una simpleza…

Decidme, dónde pongo este silencio.

Vería tus ojos, tus ojos, tus ojos. Martín Lucía
Tendí las sábanas y las vi agitarse y elevarse como gaviotas. Anne Sexton


Porque voy a tener que pediros cobijo
para un silencio,
he venido despojada de palabras.
Solo traigo las esquirlas de las horas
de una noche de vigilia.

Muerdo el ansia con el ansia.
Qué poco sirven los sueños para amainarme
las olas…
Fijaos en mi pecho.
He sembrado dos gazanias a la espera
de sus manos.
Fijaos en mis labios.
Tengo por faro un lunar encendido
para que pueda encontrarme.
Fijaos en mi vientre.
Rumorean mariposas cada vez que veo
su nombre.

Decidme, dónde pongo este silencio
pero, callad, callad que solo puedo
oír su voz.

¡Que me llueva el cielo!

¡Cómo me dejas que te piense! Pedro Salinas

La realidad no es la que viene 
sino aquella que aún tiene que llegar.
J.M. Caballero Bonald



Camino bajo cúmulos, racimos
de nubes níveas que proliferan
en un cielo azul, cerúleo
—mientras reste día—.
Una cuña de luna me mira,
ufana sonríe, subida a su palco.
Qué cerca parece que tengo
grandezas lejanas...

Camino pensando que el tiempo
se extingue, no cuando yo quiera
y quiero llevarme la vida conmigo
allá donde vaya.

Camino como si volara
subida a una abeja, dejando el futuro
tendido, sujeto con pinzas
para cuando llegue, presente del todo
y, entonces, lo vea.

Camino conmigo, sintiéndome mía
y del mundo, aparte.
Quedarme a mi lado ha sido un acierto
después del lodo, que darme a la vida
es lo que le debo a este calendario.

¡Que sea lo que sea, que me llueva el cielo!

Lemniscata

Pero vivir, joder, ¡vivir!, a pesar de estar vivos o tan muertos como a veces estamos. Pedro Andreu

Afuera la noche confusa. Dentro de mí, una fiesta de estrellas.  Se me han olvidado los versos que duelen. Tal vez, se parezca a la muerte que tanto temía, tan lejos que estaba. Ahora es mediodía de un domingo de mayo y el sol me calienta. Así... morirme sí quiero. 
Estaba cansada de ser la tirita que siempre resbala  dejando la herida a la vista, sufriendo la nada que deja de rastro tu ausencia. ¡Qué bien se consume la encina dentro de mi pecho! Morirme de vida.  De ver cómo bailan estrellas fugaces  al ritmo de hoy entre mis caderas. Ya, luego, mañana...


Silencio, tus ojos.

Por si solo es un sueño que tengo,
delirio o granada pulsando
en el pecho dispuesta a estallar,
siembro este poema.

Como abono en los versos
pondré tu mirada, silencio que adornan
gaviotas, veleros, dos nubes dispersas
y calma, la calma que tiene
una playa desierta.

Palabras no... no me hacen falta.
Suspiros, si acaso.
Aliento de gozo en mi oreja.
Tatuaje de dientes.
Caricias llenas de manos.
Saliva subiendo mareas.
Silencio, tus ojos.









Que no duerma ni una estrella

La oscuridad se acerca al parnaso poniendo sus zarpas de tiniebla sobre las letras, prendas de ropa interior desvaída que forman vereda en anodinos versos, en prosas vacuas. Haces frío, aunque trates de engañarme señalando embestidas y revueltas ardorosas que no veo, poniendo ante mis ojos unos cuerpos que no llegan a tocarme.

¿Cómo quieres que te escuche? De copos de nieve se cubren mis flores. Traes invierno y desamparo a mis oídos cuando trato de entonar eso llamas pasión y que a mí se me atraganta como un caramelo agarrado al paladar. Haces frío.
No sé, llámame loca. O, mejor, no me llames. No me enseñes. No te muestres. No me digas que imagine con ventisca una hoguera, que ese amasijo de escenas viscosas deberían enseñarme la cima de algo. Podrías... qué sé yo... podrías empezar abandonando ese lenguaje almibarado que llena mi pelo de grumos pringosos y centrarte en mis lunares. Cuéntalos, uno a uno, usando la lengua, dejando un reguero de lava. Por ejemplo. O dale trabajo …